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Controvertido estudio revela si en verdad existe lo que llamamos “amor eterno”

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Crédito de imagen: RyanKing999 de Getty Images.

El amor ha sido objeto de estudio e inspiración no solo para la filosofía y los poetas, sino también para la neurociencia, pues, aunque actualmente nos encontramos con un sinfín de incógnitas sobre qué es lo que sucede en nuestro cuerpo cuando nos enamoramos, algo que la ciencia tiene claro es que en el cerebro se disparan un sinfín de señales que son, en gran parte, las que nos hacen sentir una gran satisfacción y felicidad.

Por esto, la neurociencia ha investigado el amor desde distintas vertientes para conocer más sobre ese sentimiento intenso que seguramente todos hemos experimentado al menos una vez en la vida, pero que a veces resulta complejo de expresar o explicar, esto incluso en términos científicos. Al respecto, uno de los mayores misterios del amor se trata justamente de cuánto tiempo puede permanecer este sentimiento después de que nos enamoramos, especialmente refiriéndonos a por cuánto tiempo las señales cerebrales que se disparan pueden mantenerse.

Esto ha provocado un amplio debate sobre si existe o no lo que llamamos “amor eterno”, lo que a nivel biológico se traduciría a si en nuestro organismo pueden perdurar todos los mecanismos que se activan cuando estamos enamorados por un tiempo no solo prolongado, sino ilimitado. Sobre esto, al igual que sucede con cualquier cuestión en la neurociencia, esto puede ser una cuestión muy compleja de explicar, pero afortunadamente existen un par de estudios que pueden orientarnos sobre ello.

Al respecto, una de las primeras cuestiones que debemos reconocer sobre el amor romántico es que cuando nos sentimos plenamente enamorados se activan áreas primitivas del cerebro. Esto se descubrió en 2005 cuando la antropóloga biológica Helen Fisher realizó una interesante investigación en la cual se evaluó 2,500 escáneres cerebrales de resonancia magnética funcional de estudiantes universitarios cuando vieron la fotografía de una persona que amaban románticamente en comparación con conocidos, lo que se descubrió fue que al observar las primeras imágenes se activan regiones ricas en dopamina, el conocido neurotransmisor del bienestar.

Crédito de imagen: Marcelo Chagas de Pexels.

Asimismo, se determinó que las áreas de mayor importancia durante la activación fueron el núcleo caudado y el área tegmental ventral, la cual forma parte del conocido circuito de recompensa del cerebro, distinguido de manera general por la liberación de sustancias que generan una sensación de placer ante ciertos estímulos, por lo que esta está ampliamente asociada al placer y la adquisición de recompensas, según se especifica.

Pues bien, resulta que precisamente el área tegmental ventral es considerada una red neuronal primitiva, es decir, es evolutivamente antigua, con lo que se puede sospechar que algo muy importante en nuestra naturaleza biológica está implicada en la sensación del amor, pero ¿puede esta vía y todas las demás que se activan y están asociadas al circuito de recompensa mantenerse durante un tiempo prolongado de la misma manera que lo hacen cuando el enamoramiento nos inunda de placer y euforia?

Sobre esto, la realidad es que todas esas señales que se disparan en el cerebro cuando estamos enamorados, que son básicamente sustancias químicas asociadas al circuito de recompensa, como la dopamina y el cortisol,  así como los niveles disminuidos de la serotonina, que nos pueden provocar terror y preocupación por el amor, y la desactivación de la vía neuronal responsable de las emociones negativas, que nos permite tener un juicio social, se equilibran a sus niveles normales después de uno o dos años, según especifica Richard Schwartz de la Universidad de Harvard.

Sin embargo, esto no quiere decir que el amor se haya acabado, sino que, más bien, esa sensación de euforia, descontrol y estrés cerebral que provoca el enamoramiento sí que se logra nivelar, pero las áreas del cerebro asociadas con la recompensa y el placer se pueden seguir activando con el tiempo, lo que en términos generales se puede traducir en que se pasa de un amor eufórico y apasionado a uno más “equilibrado” que sigue generando neurotransmisores de placer y felicidad en nuestro cerebro.

Sobre esto, existe un estudio realizado por Helen Fisher y colaboradores en los cuales se evaluaron resonancias magnéticas en parejas que llevaban un promedio de 21 años casadas y encontraron que, pese al tiempo que estas personas han pasado juntas, las áreas del cerebro ricas en dopamina que se activaron en los universitarios enamorados, también lo hacían en estas personas, lo que implica que, aunque ya no se sienta un amor eufórico y desenfrenado todo el tiempo, sí que las personas pueden permanecer enamoradas al seguir activando la producción de neurotransmisores del bienestar.


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