¿Oscilatorio o trepidatorio? Aprende a diferenciar los tipos de sismos y cómo actuar

¿Por qué nuestro suelo tiembla con tanta frecuencia? La respuesta se encuentra en la geografía única de nuestro país, situado en el Cinturón de Fuego del Pacífico, una región con una actividad sísmica significativa.
¿Qué es realmente un temblor?
Para entenderlo, hay que sumergirse en el corazón de la Tierra, donde la litosfera, una capa rocosa que cubre nuestro planeta, se convierte en el escenario principal de este fenómeno. La litosfera está dividida en placas tectónicas, gigantes porciones que flotan sobre la viscosa astenosfera.
Estas placas son como enormes piezas de un rompecabezas, en constante movimiento, pero, por lo general, manteniendo la armonía. Sin embargo, en los bordes de estas placas, donde se encuentran, las cosas pueden ponerse interesantes. Aquí es donde los esfuerzos de fricción, como dos fuerzas opuestas que luchan por la supremacía, entran en juego.
Cuando estos esfuerzos superan la resistencia de las rocas o vencen las fuerzas, se desata una ruptura violenta. Esta ruptura es la liberación repentina de la energía acumulada, y es en ese preciso momento cuando experimentamos un temblor.
Ahora, hay dos tipos principales de temblores que debemos conocer: el sismo trepidatorio y el sismo oscilatorio. El primero se manifiesta con un movimiento vertical del suelo, como si la Tierra estuviera dando saltos de arriba a abajo. En cambio, el segundo es más parecido a un suelo que se balancea de un lado a otro, produciendo un movimiento horizontal.
Es como estar parado en un trampolín vertical cuando ocurre un sismo trepidatorio. Sentirías ese vaivén ascendente y descendente, como si estuvieras sobre las olas de un mar. Por ejemplo, el terremoto de Ciudad de México en 1985 fue un sismo trepidatorio devastador que dejó una profunda huella en la memoria colectiva.
Por otro lado, un sismo oscilatorio te haría sentir como si estuvieras en un barco, navegando sobre aguas agitadas, con el suelo moviéndose de un lado a otro. Un ejemplo notable fue el terremoto en Japón en 2011, donde un sismo oscilatorio desencadenó un tsunami catastrófico que afectó gravemente la región.
¿Por qué México parece ser tan propenso a estos eventos?
Esto es debido a nuestra ubicación en el Cinturón de Fuego del Pacífico. Este cinturón es como el epicentro mundial de la actividad sísmica, una zona donde varias placas tectónicas chocan y frotan sus bordes. México, al encontrarse en esta área, se convierte en testigo directo de los efectos de estos movimientos subterráneos.
Pero no todo es negativo. Aunque los temblores pueden ser asustadizos, también desempeñan un papel vital en la evolución de la Tierra. La actividad sísmica ayuda a liberar la energía acumulada y a mantener un equilibrio en la litosfera, evitando tensiones excesivas que podrían tener consecuencias más devastadoras.

Entender la geología detrás de los temblores no solo nos brinda conocimiento, sino que también nos permite tomar medidas para medir los riesgos. La construcción de edificios resistentes, la planificación urbana inteligente y la educación pública sobre cómo actuar durante un temblor son herramientas esenciales en nuestra caja de preparación sísmica.
La próxima vez que haya un terremoto recuerda que puedes identificar estos dos tipos de sismos. Y aunque los temblores puedan ser un recordatorio impactante de la naturaleza impredecible de nuestro planeta, también nos brindan la oportunidad de aprender, adaptarnos y fortalecernos como sociedad.
