¿Por qué las ranas tóxicas no se envenenan con su propia ponzoña? La respuesta te sorprenderá

Los anfibios son un grupo de vertebrados terrestres más antiguos (surgieron hace más de 370 millones de años) en el planeta y en la actualidad se encuentran representados por 3 grandes grupos: las ranas y sapos, las salamandras y las cecilias.
Los anfibios tienen una amplia distribución geográfica, por lo que las podemos encontrar en todos los continentes, con excepción de la Antártida. A pesar de su amplia distribución, estos animales se ven atraídos por hábitats húmedos.
Sin duda alguna, las ranas y sapos son los representantes más comunes de los anfibios y aunque tienen características morfológicas que podrían hacerlas parecer vulnerables (en una primera impresión), estos extraordinarios organismos han desarrollado mecanismos de defensa que, no solo les ha permitido adaptarse y sobrevivir en el planeta, incluso, algunas especies son consideradas entre las más letales que existen.
Las ranas han desarrollado impresionantes mecanismos para adaptarse y colonizar diferentes ambientes, para cazar a sus presas, pero también, para evitar ser devoradas por sus depredadores.
Uno de los mecanismos más comunes que utilizan las ranas es contar con veneno, por lo que, al intentar ser ingeridas por otros animales, estos están sentenciados a una muerte segura, pero, entonces ¿por qué las ranas no mueren?
Veneno en las ranas
Las ranas son un claro ejemplo de una línea evolutiva, donde algún ancestro común tenía la característica de almacenar veneno (toxinas) en alguna región de su cuerpo y distribuirla en su piel.
«Muchas de sus toxinas más poderosas, como la tetrodotoxina, la epibatidina y las bufotoxinas que se encuentran originalmente en los sapos, son venenos que interfieren con las proteínas en las células o imitan las moléculas de señalización clave, lo que altera la función normal de los depredadores», comenta Popular Science.
A diferencia de otros animales que pueden consumir algunos alimentos para adquirir toxinas que almacenan como mecanismo de defensa, las ranas cuentan con este veneno de forma natural, pero, sigue prevaleciendo la pregunta de cómo son capaces de albergar potentes toxinas en su cuerpo sin perecer junto a sus víctimas y depredadores.
«Los anfibios tienden a almacenar sus venenos dentro o sobre su piel, presumiblemente para aumentar la probabilidad de que un depredador potencial sea disuadido o incapacitado antes de que pueda comerlos o herirlos gravemente».
La bióloga evolutiva Rebecca Tarvin optó por estudiar la epibatidina, uno de los venenos más potentes de los más de mil compuestos conocidos de ranas venenosas, planteando la hipótesis de que las ranas, como otros animales con este mecanismo de defensa habían desarrollado resistencia a la toxina.
En el estudio publicado en Science, Tarvin y su equipo identificaron mutaciones en los genes del receptor de acetilcolina en tres grupos de ranas, luego compararon la actividad del receptor con y sin la mutación en huevos de rana. Las mutaciones cambiaron ligeramente la forma del receptor, lo que hizo que la epibatidina se uniera con menos eficacia y limitara sus efectos neurotóxicos.
Por su parte, Aurora Alvarez-Buylla, estudiante de doctorado en biología en la Universidad de Stanford, ha estudiado los genes encargados de transportar estas toxinas encontraron una nueva proteína, similar a una proteína humana que transporta la hormona cortisol.
Este transportador puede unir múltiples alcaloides tóxicos que se encuentran en distintas especies de ranas, por lo que todo apunta a que las ranas utilizan el sistema de transporte de hormonas, para también transportar toxinas.
Esto puede explicar por qué las ranas no son envenenadas por las toxinas, dice O’Connell, asesora de doctorado de Alvarez-Buylla en Stanford y coautora del artículo.
Para más información consulta: eLife
