Medio ambiente

Resucitan un árbol que resuelve un misterio bíblico que tiene siglos sin resolverse

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FUENTE: Getty Images

Te encuentras con una semilla de hace más de 1,000 años y, casi por curiosidad, decides plantarla… ¡y crece un árbol! Esto pasó en el desierto de Judea, donde científicos lograron revivir una planta que había estado dormida por siglos. A este árbol le dieron el nombre de Sheba, y su historia podría aclarar un antiguo misterio mencionado en la Biblia.

La historia comienza hace unos 40 años, cuando un grupo de arqueólogos, excavando en Wadi el Makkuk, encontraron una semilla en una cueva. En ese momento no sabían qué hacer con ella, así que la guardaron sin más. La semilla pasó décadas en el olvido, hasta que la Dra. Sarah Sallon, investigadora de medicina natural, la redescubrió mientras exploraba materiales antiguos en la Universidad Hebrea de Jerusalén. En lugar de dejarla allí, decidió intentar algo arriesgado: plantarla y ver si brotaba.

Para esto, Sallon se unió a la Dra. Elaine Solowey, una experta en agricultura sostenible, y en 2010 plantaron la semilla en un kibutz llamado Ketura. Lo sorprendente es que en apenas cinco semanas surgió una plántula, como si la semilla hubiera estado esperando todo ese tiempo para renacer. Con paciencia y mucho cuidado, catorce años después, Sheba se ha convertido en un árbol de casi tres metros de altura, y ahora produce resina.

Lo interesante de Sheba es que solo que haya logrado sobrevivir después de tanto tiempo, pues que los estudios de ADN han revelado que pertenece al género Commiphora, al que también pertenecen plantas que producen incienso y mirra. Sin embargo, los científicos notaron algo curioso: no pudieron encontrar la especie exacta de Sheba, lo que sugiere que puede ser una planta de un linaje extinto.

Al principio, los investigadores pensaron que podría ser la fuente del famoso Bálsamo de Judea, un perfume mítico del que ya no queda rastro. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que la resina de Sheba no tiene el aroma característico de ese bálsamo, así que esa teoría quedó descartada.

Aunque Sheba no huele como el Bálsamo de Judea, la planta ofrece algo todavía más valioso: propiedades medicinales. Los análisis químicos de sus hojas y resina revelaron que contiene triterpenoides pentacíclicos, compuestos que son conocidos por sus efectos antiinflamatorios y anticancerígenos. Además, también produce escualeno, un antioxidante que se utiliza mucho en tratamientos para la piel.

Con estos descubrimientos, los científicos creen que Sheba podría ser el «tsori» mencionado en la Biblia. El tsori era una planta más conocida por sus propiedades curativas que por su aroma, y aparece en libros como Génesis, Jeremías y Ezequiel. Además, esta planta medicinal se asociaba con Galaad, una región que hoy se encuentra en Jordania, lo que coincide con la zona donde se encontró la semilla.

FUENTE: Nature/ Sarah Sallon

Un misterio interesante es cómo esta semilla llegó a esa cueva en medio del desierto. Los científicos manejan dos teorías: pudo haber sido transportada en el excremento de algún animal o, lo más curioso, en heces humanas de personas que vivieron allí hace más de mil años. Ambas opciones suenan posibles, ya que en esa época las semillas podían ser dispersadas de maneras muy inusuales.

Este experimento no es el único éxito del equipo. La Dra. Sallon también ha trabajado en proyectos similares, como el caso de una semilla de dátil de 1,900 años que logró germinar y convertirse en una planta bautizada Matusalén, en honor al personaje bíblico que vivió 969 años. Estos experimentos muestran que, aunque el tiempo pase, algunas semillas siguen guardando vida en su interior, esperando el momento adecuado para brotar.

A pesar de todo lo que se ha descubierto, el legendario Bálsamo de Judea sigue siendo un enigma. Es posible que aún exista alguna especie de Commiphora no identificada que produzca ese perfume perdido. Mientras tanto, Sheba sigue creciendo, y su historia nos recuerda lo mucho que aún podemos aprender de las plantas del pasado.


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Luis Arana

Químico de profesión, ama la bioquímica y los procesos metabólicos. Fiel amante de la poesía.

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