La explicación de las bolas de fuego que aparecen en los pantanos: mito o realidad

Entre la amplia gama de leyendas que se han contado en México, a lo largo y ancho de nuestras culturas, existe una historia fascinante que ha cautivado la imaginación de generaciones: la leyenda de las bolas de fuego. ¿Qué son realmente esas misteriosas esferas de luz que se dice que saltan de cerro en cerro, desafiando las leyes de la física y moviéndose velozmente? Según las leyendas que se han transmitido de boca en boca, estas bolas de fuego son, nada más y nada menos, que brujas en plena transformación.
Remontémonos en los años 50’s y 60’s, una época en la que la Ciudad de México aún ostentaba ríos, alfalfares y llanos que ofrecían el escenario perfecto para las travesías infantiles. Cuentan las leyendas que, en estas tierras, las brujas realizaban una metamorfosis peculiar: convertirse en bolas de fuego. Se dice que estas criaturas se desplazaban de un lugar a otro, cruzando los cerros en busca de su próxima víctima.
La leyenda toma forma en relatos de encuentros espeluznantes, donde las brujas, en su forma de bolas de fuego, buscaban específicamente a hombres borrachos que deambulaban por los montes después de una fiesta, viajeros extraviados o, de manera aún más escalofriante, la sangre de niños recién nacidos. Una de las historias más estremecedoras narra cómo una madre, alarmada por el llanto desesperado de su pequeño hijo, descubrió a una bruja intentando succionar la sangre del bebé. La valiente mujer, armada con un crucifijo, logró ahuyentar a la entidad maligna, quien, antes de huir, se transformó en una bola de fuego, desapareciendo en la oscuridad de la noche.
Sin embargo, la leyenda presenta distintas versiones que añaden capas de complejidad a esta macabra metamorfosis. Algunos relatos sugieren que la transformación de las brujas era un proceso ritual más intrincado. Se cuenta que, al reunirse alrededor de una fogata, estas mujeres realizaban un rito satánico que implicaba deshacerse de sus extremidades.
Después de desprender sus brazos y piernas, las brujas las mantenían cerca del fuego para conservar el calor, mientras añadían alas y patas de aves, especialmente las de un guajolote, a su cuerpo. Su boca experimentaba una transformación asombrosa, convirtiéndose en un pico provisto de una larga y delgada lengua, perfecta para succionar la sangre de sus víctimas.
La última fase del ritual llevaba a estas criaturas a lo más alto de un cerro. Desde allí, saltaban al vacío, y en medio de la caída, se envolvían en llamas. Este último elemento servía como medio de transporte, permitiéndoles desplazarse de manera segura, ya que la intensidad del fuego ocultaba sus rostros de cualquier observador terrestre.

¿Cómo interpretar estas leyendas? Para algunos, son narrativas folklóricas que han perdurado a lo largo de las generaciones, creando una rica tradición oral. Otros podrían ver en estas historias un reflejo de los miedos y supersticiones arraigados en la sociedad de aquella época. Las brujas, símbolos de lo desconocido y lo maligno, encarnan el miedo ancestral de lo sobrenatural.
Aunque la ciencia moderna descarta tales relatos como pura fantasía, no se puede ignorar la fascinación que estas leyendas ejercen sobre la mente humana. La dualidad entre la realidad y la fantasía, entre lo tangible y lo intangible, se manifiesta en estas historias que desafían las leyes de la naturaleza.
Las bolas de fuego que danzan en las leyendas urbanas mexicanas encierran no solo el misterio de la transformación de brujas, sino también el misterio más amplio de cómo las historias, impregnadas de mitos y magia, pueden trascender el tiempo y cautivar la imaginación de aquellos que buscan respuestas en lo inexplicable.
